Una veintena de palabras para decir que
digo sin decir aquello que no sé cómo diablos voy a lograr decir.
viernes, 19 de junio de 2015
viernes, 12 de junio de 2015
Desahuciado
- ¿Sí?
- Hola
- ¿Quién es?
- ¿Quién soy?
- Sí
- ¿No te acuerdas de mí?
- No, la verdad.
- Pues es importante que te acuerdes de mi.
Teníamos un trato y hoy es el día.
-
- Prefieres olvidar, ¿no? Todos preferís
olvidar, pero eso no evita que llegue el día, la hora…
-
- Firmaste un contrato. Hay papeles con tu
letra. Te di todo lo que pediste, ahora tú debes de cumplir con tu parte…
- Pero…
- Por favor, no me hagas perder el tiempo.
No quiero discutir…
-
- Hoy tienes que marcharte. Punto.
- Debe de haber un error.
- Error, ¿qué error?
- Usted pregunta por M. L. D., ¿cierto?
- Sí, ¿no es usted?
- No
-
- El señor M. L. D. falleció.
-
-
- Entonces, ¿quién es usted?
- ¿Yo? ¿Quién soy yo?
- Sí
- El director de su banco. El dueño de esta
casa y todos los escasos bienes que aquí se contienen. ¿Y usted?
-
- ¿Oiga? ¿Sigue usted ahí?
-
viernes, 5 de junio de 2015
Rey
Al final de día, sintió una punzada de
soledad. Como si en un aciago paseo por los jardines de palacio, se hubiese
clavado la espina de un rosal en la piel del corazón.
Pero hacía ya mucho tiempo que no paseaba
por los jardines. Mucho tiempo ya, en realidad, que no le dejaban disfrutar un momento
de soledad. Siempre había alguien cerca, atento a sus gestos más
imperceptibles: el movimiento de una mano, una ceja enarcada, cierta duda al
caminar. Cuando no estaba a su vera un secretario personal, percibía la sombra
de un escolta velando su espalda. A la hora de dormir, compartía alcoba con una
mujer que ya no reconocía, una especie de perfecta muñeca de porcelana.
Los días se repetían sin descanso. Unos milimétricamente
idénticos a otros. Esa mañana, sin ir más lejos, había firmado cartas con los
ojos cerrados. Después, le había tocado tomar un avión para volar al país
vecino. Recepción en el palacio presidencial. Besamanos y genuflexiones. Por
fortuna, había desarrollado en los últimos tiempos, una extraordinaria
habilidad para mostrar atención en el exterior mientras por dentro se dejaba
llevar con sus cosas. Pensaba en árboles centenarios, en un café humeante sobre
la barra de un bar, en lugares en los que no estaría nunca.
Finalizado el almuerzo oficial, discurso en
el parlamento ante centenares de diputados y diputadas. Todos los discursos
del Rey son iguales. Alguien debe de meter las mismas palabras de siempre en
una coctelera para servirlas según salen, sin apenas aderezos. Basta emplear términos
como: fraternidad, paz, impulso, compromiso, unión ante la adversidad, lealtad,
hermanamiento, altura de miras, libertad, progreso…
Últimamente, al completar cada discurso, sentía
cierto hastío en el estómago, un reflejo de nausea que no llegaba a cuajar. Lo
atribuía precisamente a la constante narración de párrafos vacíos de contenido,
carentes de pasión, leídos como quien desgrana nombre, apellidos y documento de
identidad de un listado de opositores. Palabras manoseadas y huérfanas de
significado, que narraban una realidad inexistente, de pura bonhomía
inoperante. Palabras sin acción. Palabras de azúcar. Palabras que se llevaba la
brisa. Palabras, palabras, palabras…
Su Majestad, tras un encuentro privado con el
presidente de la República a la hora del té y las pastas, emprende regreso a
casa. En el avión privado chispean las luces rojas y la escalera está
desplegada. Sobre la pista, los anfitriones saludan hieráticos con la mano
alzada.
Ahora, en pijama y descalzo, repasa antes
de irse a la cama, la agenda del día siguiente. A primera hora, acto festivo en
la academia de policía. Al mediodía, audiencia con el ministro de asuntos exteriores
de Bulgaria. En sesión vespertina, inauguración de una feria comercial…
Sí, es hora de irse a dormir. Las
zapatillas bien dispuestas en la alfombra. Ya no da el día para más. Soñará,
como siempre, que en algún lugar de su reino hay una desamparada princesa que
espera ser rescatada de un hechizo, que en algún recóndito confín de su vasto territorio,
hay una causa justa por la que, por fin, batirse el cobre.
viernes, 29 de mayo de 2015
Nordeste
Despierta a una hora incierta, en esa
frontera difusa que va desde el final de la tarde a la entrada de la noche. El
día se disuelve como un azucarillo en una infusión.
El cuerpo, aun abotargado, sufre el envite
del contacto exterior. Navega en la calle como un bote a la deriva, entre sueño
y realidad, adivinando qué cosas puede tocar con los dedos y cuales son inasequibles
a los sentidos. Esquiva la multitud feroz que se desenvuelve torpe y ciega por
las aceras, supera tumultos aguerridos en las paradas de autobús. Gente que regresa
a casa, gente en fuga, gente persiguiendo gente.
Todo parece dirigirse de manera autómata,
como si fuese un gran algoritmo quien gobernase la ejecución concatenada de
cada detalle.
Deambula, paladea el suelo con los zapatos,
despierta de a poco y toma conciencia. Recuerda su nombre, edad y casuística.
Pone sentido a sus pasos y descubre un horizonte temporal por delante. Así que
se deja ver por los bancos de los parques, lee restos de periódico que hablan
de otros mundos, disfruta con la atención plena en lo que viene y lo que va.
Su camino dibujó un hilo dorado de nudos y
recovecos, a lo largo y ancho de la ciudad. Queda un rastro, un olor, una
sombra que dice que por allí paso.
Madrugada. Las manos en los bolsillos y el
cielo estrellado, milagrosamente sostenido sobre su cabeza. El negocio echa la
verja y ella se despide del resto. Terminó su turno en la gasolinera. Él la
recibe con un hola que apenas se despega de sus labios. Las manos abandonan
lentamente los bolsillos y abarcan su espalda.
Es hora de regresar. De verdad que mañana
será otro día. Ella camina cabizbaja, presa de un ritmo frenético que no acaba
de rendirse. Él la mantiene erguida contra sí. Entonces levanta la cabeza,
enfrenta el manto estelar y busca con verdadero desasosiego una luz que pueda
reconocer.
El viento del nordeste le bifurca la cara. Cualquier
día de estos va a tener que confesarle que su reino no es de ese mundo.
viernes, 22 de mayo de 2015
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