viernes, 4 de septiembre de 2015

Nombre



Tal vez fue allí, en Alejandría, la primera vez que viste el mar. Te habrá sorprendido la superficie perlada bajo el manto de estrellas. El olor inconfundible que enseguida domina el resto de sentidos. El rumor de las olas rodando sobre la arena, que tranquiliza, a pesar de todo.

En Alepo, donde naciste, no hay mar. Así que te criaste a espaldas de éste, alimentada la imaginación por historias ajenas nunca confirmadas.

Aquella noche en la costa, en algún lugar ignoto, la cosa no pintaba bien. Para empezar, hacía rato que no te encontrabas. Eso no es de extrañar porque la diabetes no te da un respiro y tienes que estar siempre pendiente de sus exigencias. Además, el escenario no resultaba agradable. La gente apelotonada, la histeria por subir al barco, los hombres con fusiles y cara de pocos amigos.

No estabas asustada, eso no. Son once años los que te contemplan, cargados de tensión, violencia y horror. Primero fue la guerra en Siria, que finiquitaba los días mejores. Después vino el exilio en Egipto, que acabó por convertirse en una balsa de aceite con fuego debajo. Un día papá dijo que os marchabais a Alemania. Todos juntos. Mamá, tus hermanos, tú. Allí, además, podrían tratar mejor tu enfermedad.

Pero no merece la pena pensar en el pasado. Mejor centrarnos en el presente.

Llega la hora de embarcar y los hombres armados os azuzan para que ingreséis al barco lo antes posible. Se trata de un cascarón deslavazado y tintado de óxido.

En el ajetreo, Papá pierde el maletín con tu medicación y Mamá conserva el suyo casi hasta el final. Los hombres armados le obligan a abandonarla en el mar. Ella les explica que tiene un enorme valor para ti, más que su alma, pero ellos no hacen caso, lanzan unos cuantos culatazos y todo el mundo abordo.

De alguna manera tú ya presentías algo así. Mejor no pensar. Imagino que del resto no te acuerdas bien, fue tan rápido, tan extraño. Verás, finalmente terminó por suceder lo inevitable. Rumbo a Siracusa, después de unos días de travesía, la enfermedad se cebó contigo y acabó ganando la partida. Al no tener el maletín, poco se podía hacer para controlar los ataques.

Fue Papá quien te depositó en el agua mientras el barco seguía su rumbo. Ningún padre debería de tener que hacer eso en la vida. Ni siquiera debería de poderse imaginar. Miro por la ventana y veo el parque abarrotado de pequeños subidos a columpios y toboganes. Acaba el verano. Sus padres y madres siguen con atención las evoluciones y cargan con la bolsa de la merienda o un plátano a medio comer. La vida sigue, no pasa nada.

Al llegar a puerto, en medio de la vorágine, Papá contó lo sucedido a un Policia, que comprobó tu pasaporte y el relato de otros testigos. La historia era imposible pero cierta.

Después de eso, los periódicos se lanzaron sobre la noticia y pronto tu historia acabó inundando los medios de comunicación. Hasta apareciste en los telediarios. Esto de las noticias es una cosa curiosa, alguien lanza un texto con veinticinco líneas descriptivas y el resto se dedica a reproducirla con mayor o menor éxito en la narración.

De todo esto hace ya algo más de un mes.

Donde yo vivo, cuando alguien se extravía en el mar, se busca sin descanso hasta que aparecen los restos del naufragio. Muchos se quedaron dentro del océano, nunca más volvieron a pisar tierra. Pero siempre hay alguien que los recuerda, que pone flores en un lugar señalado de la costa y de cuando en cuando pronuncia su nombre en voz alta.

He revisado los periódicos con ahínco estos días y al menos en mi país, nadie ha tenido la delicadeza de escribir tu nombre.

¿Y sabes una cosa, mi querida niña?

Lo que no se nombra, no existe.

Raghad



Foto: Rocío Brage

viernes, 21 de agosto de 2015

Memorial



La vida, ese ir tomando y dejando, precisa de descansos en el camino en los que hacer balance. Agosto semeja un lugar propicio para la tarea.

Uno regresa al hogar familiar en plena vacación; el sitio de siempre que sin cambiar apenas ha ido mutando con el paso de los años. En la misma media que nuestra imagen en el espejo.

Agosto es un mes en rojo, cargado de fiestas y fuegos de artificio. Avanzados los primeros días, se convocan las de mi pueblo. Allí llega uno con cara de despistado, una vez más desfilando por un campo que parece haber variado sus medidas con respecto a la infancia. El recuerdo de la infancia siempre es prestado o inventado. Mientras me abro paso entre la gente, voy cruzando caras conocidas con la mirada oculta tras las gafas de sol. Aquí saludo, allá lo dejo correr.

Así, puede uno tomar medida del tiempo transcurrido, de los sueños cumplidos, pendientes o sin clasificación. Un cuerpo infantil escurridizo y liviano es hoy una rotunda barriga y escaso pelo en la cumbre. Aquella muchacha parece la misma de antes. De esta otra diría que tiene nueva pareja. ¿Quien es ese que me mira una y otra vez?

Imagino que uno, a ojos de los demás, motiva la misma controversia, descifra los mismos interrogantes. Es el juego del antes y el ahora. No siempre sale uno indemne…



Uno es más de levantarse temprano que de acostarse tarde. Más ahora, que la verbena nocturna ya no es para mi. Antes suscitaba curiosidad, ahora cansancio. Por eso, la mañana siguiente, bien temprano, estoy preparado para rodar con la bicicleta. La adolescencia de uno transcurrió montado en una bicicleta, de aquí para allá, quilómetros y quilómetros dando pedales.

Antes el proceso era más natural, ahora voy equipado con casco, mallas, tres catalinas y más piñones de los que puedo contar. Tengo dos objetivos claros, seguir la línea de la costa mientras la mañana avanza y pasar por delante de la casa de JR, un amigo perdido en los años de la infancia, con el que pasé tardes de gloria. Vivian en una parroquia vecina a la mía y por supuesto, salvar la distancia que nos separaba, exigía dar pedales. Su padre tenía una lancha y no pocas veces salíamos a navegar. A cierta distancia de la costa lanzábamos el rizón y nos zambullíamos en el agua fría del océano.

Después, creo recordar que el abuelo de JR falleció y ellos se mudaron a su piso, en la ciudad. Un antiguo edificio de militares, con viviendas para éstos, quiero decir. Lo que más me gustaba era que tenía adyacente una cancha de baloncesto que casi nadie utilizaba y a la que acudía regularmente a lanzar a canasta con JR. Jugábamos uno contra uno o al 36.

Esa mañana referida, de nuevo a lomos de la bicicleta, cumplí con mi objetivo y regresé a casa satisfecho con la faena, y la sensación de cansancio sanador en el cuerpo.

Dos días después, en la comida con mis padres, en medio de otra conversación, le confesé a mi madre que no había sido capaz de reconocer la casa de JR. Dudaba entre dos. Mi madre, entonces, se dispuso a hacerme otra confesión.

Hace algunos años, en un centro comercial, se había encontrado con la madre de JR. Siempre se saludan, de pasada, pero rara vez habían conversado. La madre de JR preguntó por mi y después le llegó el turno a mi madre. La madre de JR le dijo que éste había fallecido hacía algunos años, de forma inopinada, a causa de un infarto. Dejaba esposa y algún hijo.

Mi madre quedó abatida, sin palabras. Tal fue el impacto que ambas acordaron no decirme nada. Son cosas que pasan en la vida, dijo la madre de JR.

Uno vivió todos estos años (¿cuántos han sido?) de espaldas a la suerte de su amigo. Recordándolo de cuando en vez, acariciando en la memoria momentos prestados o inventados, que reconfortaban otras malas horas. La vida avanza y como el fuego, consume a su paso.

Todo esto para venir a contarles que, en secreto, he llorado a mi amigo José Ramón. Que vengo a despedirme de él de la única forma que sé hacerlo.

Donde quiera que estés, buena suerte compañero.

viernes, 19 de junio de 2015

Vente





Una veintena de palabras para decir que digo sin decir aquello que no sé cómo diablos voy a lograr decir.




viernes, 12 de junio de 2015

Desahuciado



- ¿Sí?
- Hola

- ¿Quién es?
- ¿Quién soy?

- Sí
- ¿No te acuerdas de mí?

- No, la verdad.
- Pues es importante que te acuerdes de mi. Teníamos un trato y hoy es el día.

-
- Prefieres olvidar, ¿no? Todos preferís olvidar, pero eso no evita que llegue el día, la hora…

-
- Firmaste un contrato. Hay papeles con tu letra. Te di todo lo que pediste, ahora tú debes de cumplir con tu parte…

- Pero…
- Por favor, no me hagas perder el tiempo. No quiero discutir…

-
- Hoy tienes que marcharte. Punto.

- Debe de haber un error.
- Error, ¿qué error?

- Usted pregunta por M. L. D., ¿cierto?
- Sí, ¿no es usted?

- No
-

- El señor M. L. D. falleció.
-

-
- Entonces, ¿quién es usted?

- ¿Yo? ¿Quién soy yo?
- Sí

- El director de su banco. El dueño de esta casa y todos los escasos bienes que aquí se contienen. ¿Y usted?
-

- ¿Oiga? ¿Sigue usted ahí?
-

viernes, 5 de junio de 2015

Rey



Al final de día, sintió una punzada de soledad. Como si en un aciago paseo por los jardines de palacio, se hubiese clavado la espina de un rosal en la piel del corazón.

Pero hacía ya mucho tiempo que no paseaba por los jardines. Mucho tiempo ya, en realidad, que no le dejaban disfrutar un momento de soledad. Siempre había alguien cerca, atento a sus gestos más imperceptibles: el movimiento de una mano, una ceja enarcada, cierta duda al caminar. Cuando no estaba a su vera un secretario personal, percibía la sombra de un escolta velando su espalda. A la hora de dormir, compartía alcoba con una mujer que ya no reconocía, una especie de perfecta muñeca de porcelana.

Los días se repetían sin descanso. Unos milimétricamente idénticos a otros. Esa mañana, sin ir más lejos, había firmado cartas con los ojos cerrados. Después, le había tocado tomar un avión para volar al país vecino. Recepción en el palacio presidencial. Besamanos y genuflexiones. Por fortuna, había desarrollado en los últimos tiempos, una extraordinaria habilidad para mostrar atención en el exterior mientras por dentro se dejaba llevar con sus cosas. Pensaba en árboles centenarios, en un café humeante sobre la barra de un bar, en lugares en los que no estaría nunca.

Finalizado el almuerzo oficial, discurso en el parlamento ante centenares de diputados y diputadas. Todos los discursos del Rey son iguales. Alguien debe de meter las mismas palabras de siempre en una coctelera para servirlas según salen, sin apenas aderezos. Basta emplear términos como: fraternidad, paz, impulso, compromiso, unión ante la adversidad, lealtad, hermanamiento, altura de miras, libertad, progreso…

Últimamente, al completar cada discurso, sentía cierto hastío en el estómago, un reflejo de nausea que no llegaba a cuajar. Lo atribuía precisamente a la constante narración de párrafos vacíos de contenido, carentes de pasión, leídos como quien desgrana nombre, apellidos y documento de identidad de un listado de opositores. Palabras manoseadas y huérfanas de significado, que narraban una realidad inexistente, de pura bonhomía inoperante. Palabras sin acción. Palabras de azúcar. Palabras que se llevaba la brisa. Palabras, palabras, palabras…

Su Majestad, tras un encuentro privado con el presidente de la República a la hora del té y las pastas, emprende regreso a casa. En el avión privado chispean las luces rojas y la escalera está desplegada. Sobre la pista, los anfitriones saludan hieráticos con la mano alzada.

Ahora, en pijama y descalzo, repasa antes de irse a la cama, la agenda del día siguiente. A primera hora, acto festivo en la academia de policía. Al mediodía, audiencia con el ministro de asuntos exteriores de Bulgaria. En sesión vespertina, inauguración de una feria comercial…

Sí, es hora de irse a dormir. Las zapatillas bien dispuestas en la alfombra. Ya no da el día para más. Soñará, como siempre, que en algún lugar de su reino hay una desamparada princesa que espera ser rescatada de un hechizo, que en algún recóndito confín de su vasto territorio, hay una causa justa por la que, por fin, batirse el cobre.