viernes, 21 de octubre de 2016

Soledades



Y por fin la lluvia caía como una bendición. Un estruendoso e intenso chaparrón que rebotaba contra el piso, empapaba los bajos del pantalón y venía a decir que todo había terminado. El otoño estaba allí, rotundo, y la vida volvería a su cauce.

Atrás quedaban los demoledores días del verano. Un verano para olvidar. Septiembre se había comportado de forma extraña. El sol de Julio y Agosto, incandescente, parecía imposible de aliviar en las postrimerías del estío. Como si se tratase de un gran incendio que ha tomado una temperatura para la que no existía refresco posible. Que locura, que desoladora combustión la que habían vivido.

Paladeó la superficie del charco con la suela de las zapatillas de casa. Después pisó con brío hasta que el agua empapó el paño del calzado y la humedad inundó los pies. El goterón caía sobre la barba tupida sin remedió. Abotonó el último peldaño de la camisa, que tal vez era la chaqueta del pijama, y prosiguió su camino por la acera. Quedaba mucho por hacer. El cielo retumbaba con el baile de las nubes y ante los latigazos de electricidad, la luz de las farolas iba y venía.

Las calles desiertas. Como sucediera en Agosto, pero ahora todo era distinto. A principios del tórrido mes ocho, su hijo –su único hijo, por otra parte- le había anunciado que se iba a la casa de la playa con su esposa y el pequeño. Ya sabes que es un lugar reducido, Papá, y J ya demanda su espacio. Pero tú en la ciudad estás bien, eres un hombre de asfalto, dijo al tiempo que le daba dos enérgicas palmadas en la espalda. Después, su nuera, algo cohibida, avanzó unos pasos e hizo el amago de besarlo, pero apenas apoyó sus mejillas maquilladas sobre las del viejo, recien afeitadas. Dentro del auto, el pequeño parecía abducido por la pantalla que colgaba de la espalda del asiento del conductor.

Fue un visto y no visto. En apenas segundos el coche se deslizaba por la avenida arrasada por la solana, desprovista de gente, y se derretía en el horizonte.

Convenía trazar un plan. Cargarse de razones para el día a día. Sabía bien que Agosto era un mes letal en la urbe y se negaba a esconderse en casa con las persianas bajas, para terminar caminando hasta alguna terraza al atardecer. Se negaba a demorar la compra en el supermercado, al cobijo de los aires acondicionados. A pasear por calles como eriales sin ver desfilar ni una sola cara. Se negaba a tomar un autobús al azar y recorrer barrios del extrarradio sin más objetivo que contemplar lánguidos edificios inertes.

Ocurrió una noche delante del televisor. En un programa especial donde se hacía un repaso de las desapariciones que asolaban el país. Aquí y allá, de la manera más inopinada, iban desapareciendo personas sin ninguna explicación, como si se tratase de una epidemia aun no descrita por la práctica médica.

El director de un banco que salía en bermudas a tirar la basura y no regresaba al hogar donde le esperaban mujer y dos hijos. Un joven al que dejaban a la puerta de casa de madrugada, tras una noche de fiesta, pero que por algún motivo no alcanzaba a recorrer la distancia que lo separaba de su cama, en el segundo derecha. Un ama de casa que no retornaba de la compra el sábado por la mañana.

El goteo era incesante. Parecía que, de repente, se volatilizasen en el aire de forma inexplicable. Llevaba días siguiendo varios casos en el periódico, que hoy avanzaba tres o cuatro novedades y un par de días después aventuraba hechos que desmentían lo anterior. Aquello le mantenía atento y en tensión. Domeñado por una fiebre que latía sin remedio.

Fue al terminar el programa que sintió una punzada de adrenalina. Un mordisco urgiéndole en el vientre y envenenando la sangre. Se calzó las zapatillas enseguida, vistió la chaquetilla desabrochada sobre la camiseta de tirantes y salió a la calle. Avanzó por las vías de asfalto con ímpetu durante las primeras horas, y al amanecer, los edificios ya quedaban lejos, difuminados en algún lugar a su espalda. Era necesario abrir bien los ojos, estar atento, investigar cada circunstancia que le fuese saliendo al paso.

Una brizna de aire que le cruzase la cara podría desvelar el misterio.

Alguna vez pensó que el teléfono sonaría inútil, de ciento en uno, en su piso vacío. Que se había olvidado de guardar los restos de la comida del mediodía en la nevera. Que tal vez aguardaba alguna factura pendiente en el buzón. Poco importaba, tenía una misión, un lugar en la vida y no podía desfallecer. Era necesario avanzar, hacerse fuerte a cada paso, internarse más allá, lontananza, siempre de frente.

Nada tenía sentido salvo aquella bendita tarea encomendada por el destino.

Tarde o temprano, por más resistencia que opusiese, el verano llegaría a su fin y todos aquellos despistados querrían, entonces, regresar a sus casas.





jueves, 13 de octubre de 2016

*



Disculpen, enseguida volvemos.

Ya. Ya casi. Ya casi estamos.



domingo, 14 de febrero de 2016

Cosmología



Duermo mucho, pero solo a veces.

Otras muchas, las más, aguardo agazapado entre las sabanas el asalto sanador de la inconsciencia. Y mientras espero, tengo a bien imaginar vidas simultáneas, experimento caminos nunca antes transitados que ofrecen, a su vez, un sinfín de oportunidades por perder.

Así, con el transcurrir de los minutos en una divagación cada vez más cargada de complejidad, uno alcanza casi a percibir que el total de sus órganos forman un todo, y que el tiempo, imperceptible, recorre el espacio que ocupan. En ocasiones hacia delante, otras tantas hacia atrás.

Guardo la posición fetal y relajo la actividad a sabiendas de que, si cedo y comienzo a revolverme sobre el colchón, terminaré a la deriva en el desasosiego, cada vez más inquieto, enfrascado en asuntos que semejan rompecabezas compuestos de cientos de miles de piezas distintas. ¿Cómo saber con cual empieza todo?

Rendido a la vigilia, como un soldado de imaginaria atrapado en su garita, pongo los pies fuera del rectángulo que me cobija, piso primero la alfombra cálida, después la madera tibia y al fin las frías baldosas de los pasillos del edificio.

Asciendo las escaleras, alcanzo la última planta, traspaso la puerta de la azotea y mis pies se posan sobre el cristal húmedo de un charco. Llueve y pronto las gotas racheadas empapan mi pijama; dos piezas desiguales que no combinan. ¿Será por eso que no me gané el derecho a dormir?

Las nubes, mecidas con violencia, descubren fugazmente la luna menguada y un firmamento difuso. La vista engaña, deforma la escena, filtrada por la lluvia como si mirase a través de unas gafas de aumento.

Siento el charco ingresando al interior de mi cuerpo, filtrándose ajustado a los poros de la piel.

El universo se expande, recuerdo.

Mientras yo estoy aquí, aterido, tal vez atrapado en un sueño pesado que no se deja soñar, ordenando y acomodando en lugar seguro los múltiples acontecimientos de la jornada, reparando las células dañadas en el tráfago diario, el universo sigue impasible su curso, a una vertiginosa velocidad, como una marea que asciende, anega la tierra que sale a su paso y cuya inercia no se detiene ante nada ni nadie.

Se expande desde un punto discreto, hace miles de millones de años, tras ovillarse concentrando en su interior infinitos destinos por venir, incontables historias por contar, fatigas que nos achican, azares y alegrías, felicidad y desgracia, todo ello atrapado a su máxima densidad, hasta provocar la gran explosión que inauguró el pálpito y éste, a su vez, todos y cada uno de los pálpitos.

Amanece. Es hora de regresar a casa.

Si me viesen mis vecinos, no sabría explicarles qué hago aquí arriba, al borde de la pulmonía, encharcado, ameritando locura, conjugando la teoría del todo, justo un poco antes de que suene el despertador y caiga rendido en un sueño espeso, denso, a punto de estallar en mil pedazos, como un corazón en el que ya no cabe nada más…



jueves, 31 de diciembre de 2015

Nuevo



Corre el viento por mis venas.

Ascendí la colina al amanecer,
pisando la escarcha plateada.

En las noches despejadas,
llueve polvo de estrellas.

Vi venir cantando a los muertos de mi memoria,
alegres y desordenados,
improvisaban tonadas victoriosas
que incendiaban los prados a su paso.

Vi remolinos de casas,
rebumbios de hogares
en los que aun no se relataba la vida.

Vi rayar el sol en el horizonte,
una legión de aves migratorias
que surcaba los cielos en brillante formación.

Me vinieron a la mente, en tropel,
vibrantes adjetivos que no habrían de servir,
llegado el momento,
ni para la congoja ni para la emoción.

Sentí la pura vida apretada en un puño,
y el sudor concentrado en una gota.

En mañanas así,
está escrita toda la poesía
que me cabe en la boca.

Palpitó el corazón,
como si fuese el tañido de un tambor
que aventura combate.

Llegaron hasta mis oídos
los salmos de maitines.

Viví, por una eternidad,
colgado de un suspiro.

Sé que hay algo sagrado
en la posibilidad
de encontrarte en todas partes.

Una voz dormida desde hace siglos
pregunta en mi interior.
Pregunta quién soy yo ahora,
ante los ojos de los demás.

Y ascendí la colina escarchada
de polvo de estrellas…

Una vida nueva viene preguntando.
Una vida nueva a punto de empezar,
otra vez.

Buenas noches a tod@s, donde quiera que estén.