viernes, 17 de octubre de 2014

Viejo




Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde…dicta el poema de Gil de Viedma.

A veces voy a ver al viejo. Todo comenzó sin querer, un día me sumé a la visita familiar a un tío político mío, que pasaba los días en una tranquila residencia, enclavada en el rural, y donde éste batallaba a diario con recuerdos desquiciados.

Como éramos bastantes para atender al visitado, reparé en el resto de pasajeros de la sala de estar. Abundaban las visitas, estábamos en medio de un festivo, al comienzo del otoño.

Fui a reparar en un tipo junto al ventanal, concentrado en las gotas que se iban deslizando por un vidrio tan limpio, que si no fuera por las pequeñas esferas líquidas, resultaría imperceptible. Me acerqué sigiloso, medio haciéndome el despistado.

La conversación prendió enseguida. Nada de lugares comunes, directos al grano. Me contó que no esperaba vista y que ya estaba acostumbrado a esa dinámica; apenas le causaba efecto negativo el bullicio del hogar mientras él contaba aguaceros. No tenía descendencia, tampoco esposa presente o ausente. Refería como familia más cercana unos sobrinos, hijos de un primo, que hacían ciento y uno que no iban por allí.

Había tenido unas cuantas novias también. Mencionó los nombres, alguna dirección incluso, pero hacía años que no sabía de ninguna de ellas.

Volví a ir a ver al viejo más veces. Incluso después de que mi tío pasase a mejor vida. Nunca lo he contado a nadie, pero así fue. Cuando tenía un rato, libre me dejaba caer. Él siempre me recibía con idéntico gesto, ni frío ni calor. Me gustaba pensar que internamente le calentaban las visitas de aquel desconocido que se había aficionado a la sala de estar del asilo.

Un día que estábamos enfrascados en el repaso de los titulares de prensa, entreverados con alguna anécdota verosímil, una enfermera me aconsejó, sin llegar a mirarnos, que no hiciese mucho caso a las historias del viejo, que le gustaba inventar cuanto más mejor…

No sé como sucedieron las cosas. El caso es que mi presencia en el asilo se fue espaciando en el tiempo. Cada vez que iba temía no encontrar al inquilino solitario, mi pareja de partida de ajedrez. A decir verdad, hace bastante tiempo que no voy a ver al viejo…

A veces, antes de irme a la cama, me acuerdo de él. En los momentos más inopinados me sucede. Hace unos días tomé en brazos a una pequeña que apenas cuenta meses y me pareció que la vida era un suspiro, que tal vez ella, cuando yo solo sea un recuerdo de polvo, lejano y marchito, también contará gotas en un ventanal mientras espera alguna que otra visita que nunca se anuncia antes.

Me va a costar conciliar el sueño. El camión de la basura trasiega fuera. Paró de llover. En efecto, la vida va en serio.

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